El
juego debe estar incluido en los proyectos educativos no sólo porque los niños
sientan la necesidad de jugar, sino como medio de diagnóstico y conocimiento
profundo de sus conductas. El juego visto
desde la teoría Piagetiana forma parte de la inteligencia del niño ya que
representa la asimilación o reproducción de la realidad, en el cual se destacan
tres estructuras básicas, el juego como simple ejercicio, el juego simbólico y
el juego de reglas ( Piaget, 2012).
El juego facilita el desarrollo de los diferentes aspectos de la conducta del
niño y la niña: de carácter, de habilidades sociales, de dominios motores y el
desarrollo de las capacidades físicas; al tiempo que entrañan experiencias
diversificadas e incluyen incertidumbre, facilitando la adaptación y como
consecuencia la autonomía en todos los ámbitos de la conducta del niño y la
niña. El juego adquiere un gran valor
educativo por las posibilidades de exploración del propio entorno y por las
relaciones lógicas que se favorecen a través de las interacciones con los
objetos, con el medio, con otras personas y consigo mismo. No hay que olvidar
que el juego motor es uno de los principales mecanismos de relación e
interacción con los demás y es en estas etapas, cuando comienza a definirse el
comportamiento social de la persona donde es importante el carácter expresivo y
comunicativo del cuerpo que facilita y enriquece la relación interpersonal, así
como sus intereses y actitudes.
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